![]() |
| Dibujo de Imanol Larrianaga |
POESÍA Y PENSAMIENTO (18-11-2008)
Aritz Gorrotxategi, Felipe Juaristi, Juan Ramón Makuso, Pello Otxoteko
Es una opinión extendida que, así como los filósofos interrogan, los poetas cantan. Pero en contra de la común opinión se puede afirmar asimismo que lo que dice Parménides tiene forma de canto y que Heráclito apenas se planteaba preguntas. Quizá ni Parménides ni Heráclito fuesen filósofos; no, al menos, filósofos puros. Eran sabios y en ellos no cabía diferencia alguna entre el concepto de filosofía y poesía. Ambas actividades (filosofía y poesía) eran, en aquel tiempo, medio de conocimiento. Platón recuerda con cierta nostalgia aquella época dorada.
La poesía y los poetas recibieron la condena de Platón. El poeta no contempla la unidad de la realidad, en la forma en que lo proclama y solemniza Platón, pero hay un esfuerzo verdadero por comprender esa realidad, por medio de la palabra. El poeta, sin necesidad de artificio, profundiza en el pensamiento, sabiendo que nunca alcanzará la unidad de la realidad.
La filosofía comienza con Platón, pero es aventurado afirmar que la poesía muere con él. Platón interroga lo que canta el poeta. El poeta quiere encontrarse en el mundo. El poeta quiere conocerse. El arte de Platón es un arte interrogativo, pero en el fondo de dicho arte resuena, como eco, el canto del poeta. La razón expresa lo que no pueden expresar los sentimientos.
Unamuno planteó de forma eficaz el quehacer del poeta: “sentir el pensamiento, pensar el sentimiento”. Nietzche, un poco antes, llegó a la conclusión de que la función del artista era el logro del conocimiento mediante la poesía y llegar a la poesía mediante el conocimiento. Unamuno, gran lector, conocía de modo fehaciente la poesía metafísica inglesa y la tradición mística española, de raíces árabes. En ellos, el pensamiento se convierte en palabra poética, deseo de entender y expresar la realidad, enfrentándose a la propia realidad.
Adquieren especial interés, desde nuestro punto de vista, las palabras de María Zambrano, pues nos alertan sobre la necesidad verbal del poeta. Ese menester del poeta de embarcarse con la palabra, de extenderse por y a través del mundo –antiguamente labor loada y hoy francamente vilipendiada–, se asienta en una ética humanista:
“Y el poeta es fiel a lo que ya tiene. No se encuentra en déficit como el filósofo, sino, en exceso, cargado, con una carga, es cierto, que no comprende. Por eso, la tiene que expresar, por eso tiene que hablar ‘sin saber lo que dice’, según le reprochan. Y su gloria está en no saberlo, porque, con ello, se revela que es muy superior a un entendimiento humano la palabra que de su boca sale; con ello nos muestra que es más que humano, lo que en su cuerpo habita”.
Se hace poesía por medio de la palabra, y ese hacerse encuentra su punto más elevado en la estética. Si la poesía es algo, ese algo es un pensamiento musicado, reflexión que parte y se hace camino desde la sima del silencio, con la meta puesta en la condición humana.
Porque es exigencia de la poesía y también de la filosofía el conocimiento humano, el conocimiento que el hombre tiene de sí y el que posee sobre el mundo y la naturaleza de las cosas. Decía Octavio Paz:
“La poesía moderna es un conocimiento experimental del sujeto mismo que conoce”.
Valente sostiene idéntica opinión. Para él poesía es conocimiento que se va haciendo continuamente. La filosofía enseña al poeta lo que se puede decir y lo que no, pero el poeta toma de otros poetas las palabras que necesita para expresar ese conocimiento.
No nos identificamos con aquellas poéticas puras que, con excusa de la poesía, marginan al pensamiento. En ese destierro las palabras se corrompen, pierden su entidad y se deshacen. Hay poéticas cuyo último sentido es la amplificación del ruido que ya soportan el mundo y sus habitantes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario