POESÍA Y PENSAMIENTO, 8º manifiesto
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| Imanol Larrinagaren irudia |
LA POESÍA PUEDE (16-06-2014) Aritz Gorrotxategi, Felipe Juaristi, Juan Ramón Makuso y Pello
Otxoteko.
La
poesía puede al ser humano. Puede preguntar por los límites de
éste, puede ser el mundo y llegar a él. El poeta se vale de la
poesía para interrogar, no porque esté sediento de verdad, sino
porque él mismo se materializa a través de la pregunta, de la duda,
de la contradicción... Mediante esas herramientas crea su imagen del
mundo, lo escruta y lo construye a través de las palabras, es capaz
de recrear la realidad a través del lenguaje y de sacarla a la
superficie. Preguntar es no quedarse en la superficie, anclado en
ella, arrebujado en la autocomplacencia. No obstante, preguntar no
siempre es encontrar respuestas. La pregunta es un camino para llegar
a alguna parte, a pesar de no saber a cual. La pregunta es luz y
asidero. El poeta se materializa en la pregunta, en ella se desnuda.
El poeta es vacilación, pero sueña con la verdad, a pesar de saber
que la verdad no es sino un concepto. He ahí una de las mayores
contradicciones del poeta: hemos inventado la palabra para explicar
el mundo, pero la palabra, por naturaleza, lo limita, lo cataloga y
ordena. Lo etiqueta. El poeta, al igual que las palabras, tiene sus
límites, pero su objetivo es trascender esos límites, llevar más
allá las palabras o traerlas de la profundidad del agua a la
superficie. Tal vez, no podrá trascender esos límites establecidos
por naturaleza, pero aspirar a ello es su oficio
ardiente,
por decirlo con palabras de Gelmán, creer que puede recrear el mundo
a través de la palabra.
En
opinión de Yves Bonnefoy, “el
yo poético nos lleva a la profundidad del mundo, que no olvida la
finitud, que somos mortales, que vivimos en el tiempo. La experiencia
poética debe ser personal y puede ser producida en el individuo.
Esos individuos pueden ayudar a la sociedad a renovarse”. En la
cotidianidad vivimos la experiencia poética a través de los
sentimientos; a través de estos y no de las sensaciones. La poesía
debería alcanzar la epidermis, la dermis y la hipodermis de nuestra
capacidad de sentir. Debería llegar al núcleo más profundo del
sentimiento, allá donde también reside el dolor. La sensación, en
cambio, se queda en la epidermis, en la superficie. No deja heridas,
ni provoca preguntas, y la alegría que produce se desvanece
rápidamente.
“Cansado
de todos los que llegan con palabras/, palabras pero no lenguaje,/
parto hacia la isla cubierta de nieve”, nos dice Tranströmer en el
inicio de su poema De
marzo del 79.
Y finaliza así el poema: “Me encuentro con huellas de pezuñas de
corzo en la nieve./ Lenguaje, pero no palabras”. De hecho, la
palabra debe al lenguaje, y no al discurso, su fuerza emotiva. La
pregunta del poeta no sirve a nadie ni a nada. La poesía es ajena al
discurso político, es una lucha contra la ideología. El discurso
político simplifica, implica la determinación de no entender a
aquellos que son diferentes de nosotros, de reforzar la tesis de cada
cual, de enrocarse. La poesía, en cambio, surge de la vocación de
entender a los demás, de la vocación de hacerse preguntas, no de la
de dotarse de respuestas definitivas. Por eso es ámbito de
libertad, y por eso puede la poesía.

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