EL OTRO (2016-06-21) Aritz Gorrotxategi, Felipe Juaristi, Juan Ramón Makuso y Pello
Otxoteko
La literatura es un cruce de ojos inconsciente, y la poesía un
clavarse las miradas, entre seres que, aunque no se conozcan, se
sienten cercanos por el hecho de ser lo que son, seres humanos.
Recordemos
estos versos de Paul Celan, de su poema “Alabanza de la lejanía”,
de Amapola y memoria:
En la
fuente de tus ojos
viven las
redes de los pescadores del falso mar.
En la
fuente de tus ojos
cumple el
mar su promesa.
Porque
humanidad significa sobre todo, para quienes firmamos este
manifiesto, la preocupación por los demás, sin demás
consideraciones. Escribe Steiner en Gramática
de la creación:
“Los
huesos y las cenizas de los campos de exterminio nazis, las pirámides
de cráneos en Camboya, o las inmundas fosas descubiertas en Bosnia o
Kosovo son los auténticos emblemas e iconos de la historia
reciente”.
Podíamos
añadir otros muchos iconos, según el dolor y la razón del dolor de
cada cual. Hay quien piensa que la palabra es inútil contra la
barbarie, pero no es cierto. Escribir es como mirar, significa
aproximarse a los demás. La palabra es inútil si es incapaz de
dirigirse al otro, si no puede responder por el otro: tal es el
significado de la palabra “responsabilidad”. La palabra es
inhumana cuando en lugar de resaltar la deferencia, el cuidado del
otro, quiere invocar la diferencia. Pero hay palabras que defienden
la barbarie, porque son incapaces de ver en el otro el rostro humano.
El otro, y la manera con que nos relacionamos con él o ella, no nos
hace mejores o peores, sino hace que seamos humanos o simplemente
monstruos.
El
discurso político de guerra y dominación deja de lado el discurso
ético, y tiende a la exaltación, la descalificación, la
deshumanización del otro. Sin embargo, la palabra surgió para
comunicarse, para llegar al otro, porque nunca es tarde: las
palabras no tienen tiempo. Es ahí donde la ética
halla su punto de referencia. No delimita los campos del bien y del
mal, porque en esta época van, generalmente, de la mano. La ética
es un afán, un anhelo, el deseo de que el horror no tenga la última
palabra. Nada más ni nada menos que eso. Por eso, el deseo ético
pasa por plantarle cara al poder, se vista con las ropas que quiera,
y establecer relaciones con los otros en términos de
responsabilidad. Somos responsables de los demás, porque nosotros
también somos los demás. Tal es la lección que hemos aprendido
tras batallar con el terror, la indiferencia, la desigualdad y, sobre
todo, con el odio. Porque, aunque digan lo contrario, el odio es
creador y escribe poemas, cuentos, novelas y ensayos. Puede llegar a
ser un buen profesor de literatura o de filosofía, un gran maestro
que encandila, por la simpleza de sus argumentos, a los adolescentes,
huérfanos de referencias, lecturas y poemas. Huérfanos de
contrastes y de crítica, de capacidad de cuestionar las cosas,
incluso los propios postulados.
No
concebimos la poesía sin su aura ética, sin ese sustrato germinado
con bocas, orejas, manos, pies, espaldas, tripas, vísceras de los
demás. Pero tampoco la concebimos como sumisión al poder, porque
ética y poder son términos antagónicos. La ética es un
logro de la voluntad humana. Y esta ética conquistada se transmite y
se consigue mediante la acción y la palabra. Y todavía, nos queda
la palabra.
Allá
donde el poder se impone merma la esperanza, que es la virtud de los
tiempos difíciles, aunque sepamos que todos los tiempos son
difíciles. Por ello es en la dificultad donde aflora la
responsabilidad hacia el otro. Es en la dificultad donde Homero, en
vez de cubrir de cal y ceniza a los troyanos, los ensalza y canta sus
virtudes, humaniza a los contrincantes y sienta a Aquiles y a Príamo
en la misma estancia para celebrar el principio de la reconciliación.
Es el principio de intentar comprenderse en el dolor, para que la
alegría sea posible.

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