POESÍA Y REVOLUCIÓN (9-6-2017) Aritz Gorrotxategi, Felipe Juaristi, Juan Ramón Makuso y Pello
Otxoteko
Hubo
muchos que imaginaron los tiempos de revolución como tiempos de
renovación. La revolución debía atravesar el tejido de toda la
sociedad, debía extender un nuevo mensaje, cambiar la realidad,
incluida la cultural. Arendt, en cambio, realiza una importante
apreciación en su libro dedicado a la Revolución. Al intentar poner
fin a las necesidades y construir un mundo de forzada igualdad, los
“utopistas” de la liberación siembran por doquier su pretensión
iluminada y hacen doblegarse a los que se oponen a sus presuntamente
nobles designios en nombre de las necesidades insatisfechas del
pueblo. Así mismo, Arendt distingue ente libertad y liberación. La
libertad está relacionada con un espacio de participación
político-público y con la protección de una esfera inviolable de
derechos individuales. La liberación, sin embargo, está vinculada
con la cuestión social, el logro de la abundancia y la felicidad.
Cuando
estalló la Revolución rusa, en Rusia había un extraordinario grupo
de creadores en todas las disciplinas, y también fértiles
movimientos de vanguardia. No obstante, el realismo socialista cambió
y truncó todo aquello. En un principio, los grandes nombres de las
vanguardias colaboraron con el bolchevismo. Poco a poco, cayeron en
una especie de trampa; el nuevo régimen que detentaba el poder
necesitaba otro discurso, una manera de atraer hacia sí a la gente,
otros conductos para reflejar la victoria comunista. En esa
situación, cualquier crítica interna se interpretaba enseguida como
contraria al régimen y favorable al enemigo. Con nosotros o contra
nosotros. No había resquicios para matizaciones. Una vez liberados
los lobos,
todos sabemos lo que ocurrió después. Las obras de Nadiezhda
Mandelstam, Evgenia Ginzburg, Solzhenitsyn o Shalamov reflejan bien
lo que fue aquella rusia revolucionaria para muchos de sus
habitantes. También contamos con los poemas de Blok, Esenin,
Mandelstam, Tsvietaieva, Ajmátova o Pasternak. Los cuentos de Babel.
Las obras de Bulgakov. Vida
y destino
de Grossman, la novela que nos llegó integra milagrosamente hace
algunos años. Y un largo etcétera.
En
1938 Breton, Trotsky y Diego Rivera publicaron un Manifiesto a favor
de un arte revolucionario independiente. En él dedicaban duras
palabras a los abusos del fascismo, pero también criticaron con
solidez la falsedad que se vivía en el ámbito del arte bajo Stalin.
En opinión de éstos, el arte no debe estar bajo ninguna autoridad
ni al servicio de nada, a no ser de la libertad del creador. Al arte
no se le pueden establecer objetivos prácticos a corto plazo, y
junto con Marx, sostienen que el escritor no toma su obra como un
instrumento de algo, sino como un fin en sí mismo. En ese sentido,
de la literatura que se hizo en la época de la revolución, Nabokov
tan sólo salva un puñado de poemas de Mayakovski. Joseph Brodsky,
por su parte, afirma que Mandelstam era un gran poeta antes de la
Revolución. También lo eran Ajmátova y Tsvietaieva. Y seguirían
siéndolo si en en Rusia no hubiera ocurrido todo lo que aconteció
en aquel siglo; por que tenían talento, y el talento no necesita de
la historia.
En
gran medida, se puede decir que la revolución colisionó con la
capacidad de creación. La limitó, la taló, y en algunos casos
incluso la destrozó. El espacio propio del creador es la libertad,
poder sentir y decir las cosas tal como las piensa. Sin tener que
estar temeroso del partido, régimen o sistema bajo el que vive. Es
de sobra conocido que tras el miedo viene la indiferencia, y tras la
indiferencia la complicidad. La única revolución verdadera es
amalgamar esa libertad con la igualdad, equilibrando las dos. En la
medida en la que seamos libres e iguales se llevará a cabo la
revolución, y se potenciará. La revolución no debería cortar
cabezas y alas, y si procede de esa manera, no es una revolución de
verdad.
Mandelstam
decía que la poesía clásica era la poesía de la revolución. “La
poesía es el arado que desentierra el tiempo, poniendo al
descubierto sus estratos más profundos, su tierra negra”. Si es
revolucionaria, la poesía no debe ser política o ideológica, no
debe buscar un objetivo externo a la literatura; debe tener como eje
el ser humano, la vida y la muerte, la alegría y el dolor, la
libertad y la celda… Debe ser un hilo entre el pasado, el presente
y el futuro. No debe limitar un concepto o un objeto, debe vivir en
aquel en libertad, a través de la palabra. La poesía no embellece,
adorna o cambia las cosas para obtener una experiencia más intensa;
debería ampliar y crear nuevas perspectivas, multiplicar situaciones
que coinciden con intuiciones que nos parecen necesarias. De ahí su
fuerza revolucionaria.

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