viernes, 9 de junio de 2017

POESÍA Y PENSAMIENTO 11º manifiesto

POESÍA Y REVOLUCIÓN (9-6-2017) Aritz Gorrotxategi, Felipe Juaristi, Juan Ramón Makuso y Pello Otxoteko

Hubo muchos que imaginaron los tiempos de revolución como tiempos de renovación. La revolución debía atravesar el tejido de toda la sociedad, debía extender un nuevo mensaje, cambiar la realidad, incluida la cultural. Arendt, en cambio, realiza una importante apreciación en su libro dedicado a la Revolución. Al intentar poner fin a las necesidades y construir un mundo de forzada igualdad, los “utopistas” de la liberación siembran por doquier su pretensión iluminada y hacen doblegarse a los que se oponen a sus presuntamente nobles designios en nombre de las necesidades insatisfechas del pueblo. Así mismo, Arendt distingue ente libertad y liberación. La libertad está relacionada con un espacio de participación político-público y con la protección de una esfera inviolable de derechos individuales. La liberación, sin embargo, está vinculada con la cuestión social, el logro de la abundancia y la felicidad.

Cuando estalló la Revolución rusa, en Rusia había un extraordinario grupo de creadores en todas las disciplinas, y también fértiles movimientos de vanguardia. No obstante, el realismo socialista cambió y truncó todo aquello. En un principio, los grandes nombres de las vanguardias colaboraron con el bolchevismo. Poco a poco, cayeron en una especie de trampa; el nuevo régimen que detentaba el poder necesitaba otro discurso, una manera de atraer hacia sí a la gente, otros conductos para reflejar la victoria comunista. En esa situación, cualquier crítica interna se interpretaba enseguida como contraria al régimen y favorable al enemigo. Con nosotros o contra nosotros. No había resquicios para matizaciones. Una vez liberados los lobos, todos sabemos lo que ocurrió después. Las obras de Nadiezhda Mandelstam, Evgenia Ginzburg, Solzhenitsyn o Shalamov reflejan bien lo que fue aquella rusia revolucionaria para muchos de sus habitantes. También contamos con los poemas de Blok, Esenin, Mandelstam, Tsvietaieva, Ajmátova o Pasternak. Los cuentos de Babel. Las obras de Bulgakov. Vida y destino de Grossman, la novela que nos llegó integra milagrosamente hace algunos años. Y un largo etcétera.
 
En 1938 Breton, Trotsky y Diego Rivera publicaron un Manifiesto a favor de un arte revolucionario independiente. En él dedicaban duras palabras a los abusos del fascismo, pero también criticaron con solidez la falsedad que se vivía en el ámbito del arte bajo Stalin. En opinión de éstos, el arte no debe estar bajo ninguna autoridad ni al servicio de nada, a no ser de la libertad del creador. Al arte no se le pueden establecer objetivos prácticos a corto plazo, y junto con Marx, sostienen que el escritor no toma su obra como un instrumento de algo, sino como un fin en sí mismo. En ese sentido, de la literatura que se hizo en la época de la revolución, Nabokov tan sólo salva un puñado de poemas de Mayakovski. Joseph Brodsky, por su parte, afirma que Mandelstam era un gran poeta antes de la Revolución. También lo eran Ajmátova y Tsvietaieva. Y seguirían siéndolo si en en Rusia no hubiera ocurrido todo lo que aconteció en aquel siglo; por que tenían talento, y el talento no necesita de la historia.

En gran medida, se puede decir que la revolución colisionó con la capacidad de creación. La limitó, la taló, y en algunos casos incluso la destrozó. El espacio propio del creador es la libertad, poder sentir y decir las cosas tal como las piensa. Sin tener que estar temeroso del partido, régimen o sistema bajo el que vive. Es de sobra conocido que tras el miedo viene la indiferencia, y tras la indiferencia la complicidad. La única revolución verdadera es amalgamar esa libertad con la igualdad, equilibrando las dos. En la medida en la que seamos libres e iguales se llevará a cabo la revolución, y se potenciará. La revolución no debería cortar cabezas y alas, y si procede de esa manera, no es una revolución de verdad.
Mandelstam decía que la poesía clásica era la poesía de la revolución. “La poesía es el arado que desentierra el tiempo, poniendo al descubierto sus estratos más profundos, su tierra negra”. Si es revolucionaria, la poesía no debe ser política o ideológica, no debe buscar un objetivo externo a la literatura; debe tener como eje el ser humano, la vida y la muerte, la alegría y el dolor, la libertad y la celda… Debe ser un hilo entre el pasado, el presente y el futuro. No debe limitar un concepto o un objeto, debe vivir en aquel en libertad, a través de la palabra. La poesía no embellece, adorna o cambia las cosas para obtener una experiencia más intensa; debería ampliar y crear nuevas perspectivas, multiplicar situaciones que coinciden con intuiciones que nos parecen necesarias. De ahí su fuerza revolucionaria.

 

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