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| Dibujo de Imanol Larrinaga |
DE LA POESÍA A LA POLIS (14-06-2011)
Aritz Gorrotxategi, Felipe Juaristi, Juan Ramón Makuso eta Pello
Otxoteko.
“La ciudad (polis) es una de las cosas que existen por naturaleza; y el
hombre es, por naturaleza, un animal político." De esta manera se expresa
Aristóteles en su Política. Y estas palabras están vinculadas con la
actividad poética: el poeta esculpe la realidad a través de la palabra, en la polis,
en el ágora, es decir, en la plaza.
Durante la creación del
poema, el poeta juega con la palabra, necesita enhebrarla con otras palabras. Y
mediante ese ejercicio, libera otro elemento: sus propios sentimientos. A pesar
de ser suyos esos sentimientos, cuando los comparte con el lector/oyente, los
sentimientos dejan de pertenecerle, son ya del lector/oyente, de esa otra
figura que dota de sentido al poema, ese “otro” tan necesario. Por
contradictorio que parezca, el poeta trata de aprehender la realidad a través
de la palabra, de encontrar respuesta a dicha realidad, y le resulta
imprescindible responder a dicho reto con las palabras. Por lo tanto, la
palabra es la herramienta del poeta, es su puente entre la realidad y él mismo.
No obstante, cruzar el puente no es un ejercicio sosegado. Ese puente está
lleno de dudas, de curvas, y no resulta sencillo dar con la palabra adecuada
que sirva para definir la realidad. Y ese es, precisamente, el reto del poeta,
indagar acerca de los vértices de esa realidad, sin dejar de lado nunca el
ansia de saber. En ese sentido, recordando las palabras de Goethe, la
suprema, la única operación del arte consiste en dar forma. Cuando la
poesía, el ser humano, el poeta responde con sus palabras da forma a la
realidad, a lo que ocurre en la polis,
fusionándose con la propia polis.
Cabe recordar las palabras
del poeta Xabier Lete: “y el poeta, el poeta, se ha quedado en casa con las
puertas cerradas”. Al parecer, se ha enojado, le ha dado la espalda a lo
exterior, a la polis, a la ciudad. Y puede que también, a sí mismo. Pero
no solo eso. De hacer caso a Aristóteles, “la palabra se utiliza para expresar
lo conveniente y lo perjudicial, lo justo y lo injusto”. En la medida en que el
poeta es un animal político, trata de llevar a cabo una aproximación ética
desde la poesía; es decir, en la medida en que pertenece a la polis, a
la ciudad, trata de participar en ésta, proponiendo una estética y una ética.
De todos modos, parece que
la actual polis navega en un mar de dudas; y puede que estemos en el
umbral de una nueva ciudad. Y en consecuencia, en el umbral de un nuevo ser
humano que está a punto de superar al anterior. Pero este nuevo ser humano no
tiene parentesco alguno con el superhombre propugnado por Nietzsche, ni con el
hombre unido fraternalmente que ansiaba Tolstoi. La ciudad actual, al igual que
el poeta de Lete, se ha quedado en casa con las puertas cerradas, ensimismado a
la vez que tratando de huir de sí mismo. O dicho con las palabras de José San
Martin, “iniciamos nuestra historia con una huida aproximada de la naturaleza. En
el transcurso del tiempo, ese alejamiento ha ido acrecentándose. Actualmente,
el camino termina en la realidad virtual. De la naturaleza a lo virtual, y la
historia sigue su curso”.
El mito de la virtualidad también tiene sus
consecuencias. ¿Dónde aprehenderá el poeta la realidad? ¿Hacia qué lugar
dirigirá su mirada? En esta nueva zozobra de la virtualidad el ser humano ve reducido
su espacio. Podría decirse que ha liquidado al ágora. Quizás, con motivo de ese
vacío (y otros tantos motivos más), los indignados han vuelto a tomar el
ágora. El ágora y la palabra. Para ser escuchados. Para aprehender la realidad.
Ese es, precisamente, el espacio del ser humano, la polis; y en la
medida en que es del ser humano, también lo es del poeta.

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